
Tren Insurgente: un proyecto necesario que llegó tarde y con factura muy cara.

El funcionamiento del Tren Insurgente es, sin duda, una buena noticia para millones de mexiquenses que durante años padecieron traslados interminables, carreteras saturadas y opciones de transporte insuficientes entre el Valle de Toluca y la Ciudad de México. Hoy, el sistema cumple con su objetivo: reducir tiempos, mejorar la movilidad y elevar la calidad de vida.
Sin embargo, el beneficio actual no puede ni debe borrar el contexto que rodea a este proyecto. Su inauguración final ocurrió tras casi 10 años de retraso, una década marcada por decisiones erráticas, cambios de planeación y una falta de continuidad que derivó en un incremento aberrante del presupuesto, pagado finalmente con recursos públicos.

El Tren Insurgente demuestra que la infraestructura bien hecha funciona y es utilizada por la gente, pero también exhibe el alto costo de la improvisación gubernamental. Lo que hoy se celebra como un logro, pudo haber beneficiado antes a millones de personas y con un gasto mucho menor.
La lección es clara: no basta con inaugurar obras; es indispensable planearlas, ejecutarlas con responsabilidad y rendir cuentas. El Tren Insurgente ya opera y cumple su función, pero su historia debe servir como recordatorio de que los retrasos y los sobrecostos, no son anécdotas técnicas, sino fallas que afectan directamente a la ciudadanía.

