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PONER LA OFRENDA CUESTA CADA VEZ MÁS; LA TRADICIÓN RESISTE, PERO EL BOLSILLO NO ALCANZA.

 

 

Entre frutas, flores, veladoras y los platillos favoritos de quienes ya no están, las familias mexicanas enfrentan una realidad que amenaza con reducir el tamaño de sus ofrendas: el encarecimiento de los productos y una economía doméstica cada vez más apretada.

 

Por Emiaj Agairra G. | Azotea Media

TOLUCA, ESTADO DE MÉXICO.

 

El costo de la ofrenda va para el cielo y pagarla se convierte en un infierno para el bolsillo. Lo que durante generaciones ha sido una expresión de amor, memoria y respeto hacia los fieles difuntos, hoy también representa un desafío económico para las familias que intentan mantener viva una de las tradiciones más arraigadas de la cultura mexicana.

 

Caminar por los mercados tradicionales en vísperas del Día de Muertos es encontrarse con una explosión de colores, aromas y sabores. Mandarinas, tejocotes, camotes, chayotes, cañas de azúcar, flores de cempasúchil, veladoras, copal, incienso y papel picado forman parte del inventario de una tradición que comienza mucho antes de colocar el primer elemento sobre la mesa.

 

Sin embargo, detrás de esa riqueza cultural hay una preocupación que se repite entre los consumidores: el dinero ya no alcanza para comprar lo mismo que hace uno o dos años.

 

A la lista de productos indispensables se suman los gustos que los difuntos disfrutaban en vida: mole, pan, bebidas, dulces, cigarros y otros alimentos que las familias colocan con la esperanza simbólica de recibir a sus seres queridos con aquello que más les agradaba.

 

El problema es que cada producto representa un gasto adicional y, cuando se juntan todos, la cuenta termina pesando más de lo esperado.

 

UNA OFRENDA MÁS PEQUEÑA, PERO CON EL MISMO CARIÑO

 

La señora Carmen, quien cada año acude al mercado tradicional para comprar la fruta y los productos con los que prepara su ofrenda, reconoce que esta temporada ha encontrado precios más elevados, situación que la obligará a reducir sus compras.

 

Su intención es mantener viva la tradición, aunque esta vez tendrá que conformarse con una ofrenda más pequeña y ajustada a sus posibilidades económicas.

 

Como ella, muchas personas deben elegir entre comprar todos los elementos acostumbrados o priorizar aquellos que consideran indispensables para recibir simbólicamente a sus difuntos.

 

La decisión no es sencilla. En algunos hogares, la ofrenda representa una herencia familiar que pasa de abuelos a padres e hijos; en otros, es una oportunidad para enseñar a las nuevas generaciones el significado de recordar a quienes formaron parte de sus vidas.

 

Pero cuando el presupuesto es limitado, hasta las tradiciones deben ajustarse a la realidad.

 

LA RAYA NO ALCANZA Y NAVIDAD YA ESTÁ A LA VUELTA DE LA ESQUINA

 

Para la familia Urrutia, la situación económica también obliga a modificar las costumbres.

 

La jefa del hogar reconoce que el cierre de año llega acompañado de numerosos gastos y que el dinero destinado a la ofrenda debe competir con otras necesidades familiares.

 

Apenas termina el Día de Muertos y comienza otra preocupación: las compras de Navidad, los alimentos, los compromisos y los gastos que se acumulan durante las últimas semanas del año.

 

En este contexto, preparar una ofrenda abundante como la de temporadas anteriores resulta cada vez más complicado.

 

La familia optará por una versión más modesta, porque, como ocurre en muchos hogares trabajadores, el salario debe distribuirse entre las necesidades cotidianas y las celebraciones que forman parte de la vida familiar.

 

La pregunta es inevitable: ¿cómo mantener las tradiciones cuando el ingreso familiar pierde capacidad para cubrir los gastos de todos los días?

 

EL PRECIO DE LOS ELEMENTOS QUE DAN VIDA A LA TRADICIÓN

 

La ofrenda mexicana no se construye con un solo producto. Su riqueza está precisamente en la combinación de alimentos, aromas, colores y símbolos que cada familia incorpora de acuerdo con sus costumbres y posibilidades.

 

El camote, la mandarina, el tejocote, la caña de azúcar y los dulces tradicionales conviven con el papel picado, las flores, las veladoras y el copal. A ellos se agregan el pan de muerto, los platillos preparados en casa y las bebidas que recuerdan los gustos de quienes ya partieron.

 

Cada elemento suma a la cuenta final.

 

Y aunque los precios pueden variar de un mercado a otro, de acuerdo con la temporada y la calidad de los productos, la percepción de los consumidores es clara: preparar una ofrenda completa implica un desembolso que no todos pueden asumir con facilidad.

 

En un escenario donde las familias deben cubrir alimentación, transporte, servicios y otros gastos básicos, destinar dinero a una celebración tradicional también exige hacer cuentas.

 

El contraste resulta doloroso: mientras la tradición invita a compartir y recordar con abundancia, la economía obliga a medir cada compra.

 

UNA TRADICIÓN QUE SOBREVIVE A LAS LIMITACIONES

 

Pese a las dificultades, el Día de Muertos continúa siendo una de las expresiones culturales más significativas de México.

 

Las ofrendas no son únicamente mesas cubiertas de productos. Son espacios de memoria, encuentros entre generaciones y manifestaciones del vínculo afectivo que permanece con quienes ya no están.

 

En ellas sobreviven las enseñanzas de los abuelos, las recetas familiares, las anécdotas y las costumbres que se transmiten de una generación a otra.

 

Incluso entre los jóvenes, la celebración ha encontrado nuevas formas de expresión. Algunos participan en la elaboración de altares, otros recuperan fotografías familiares y muchos descubren en esta tradición una manera de acercarse a sus raíces.

 

No obstante, preservar estas costumbres también implica transmitir su significado más allá de la apariencia de las ofrendas.

 

Porque recordar no debería convertirse en una competencia por colocar más fruta, comprar más flores o construir el altar más grande.

 

Una ofrenda modesta también puede contener una historia extraordinaria.

 

EL AMOR NO SE MIDE EN EL TAMAÑO DEL ALTAR

 

La realidad económica puede reducir la cantidad de productos sobre la mesa, pero no necesariamente el significado de la tradición.

 

Habrá hogares con ofrendas abundantes y otros donde apenas habrá algunas flores, una fotografía, una veladora, fruta de temporada y el alimento que alcance para compartir simbólicamente con los ausentes.

 

En ambos casos, el propósito es el mismo: recordar.

 

La preocupación, sin embargo, no debe pasar inadvertida. Cuando las familias tienen que recortar gastos incluso en celebraciones profundamente arraigadas, vale la pena preguntarse qué está ocurriendo con su capacidad de compra y cuánto esfuerzo deben realizar para sostener sus costumbres.

 

El Día de Muertos es una celebración de la memoria, pero también ofrece una mirada a la vida cotidiana de quienes la mantienen vigente: familias trabajadoras que hacen rendir sus ingresos para cumplir con sus responsabilidades sin renunciar a aquello que les da identidad.

 

En Azotea Media, la reflexión es inevitable: si la tradición se sostiene con el esfuerzo de las familias, su valor no puede medirse por el dinero que cada hogar logra gastar.

 

Este año, quizá las ofrendas tengan menos fruta, menos flores o menos platillos. Quizá el altar sea más pequeño y algunos elementos deban quedarse fuera de la lista.

 

Pero mientras haya una familia dispuesta a encender una veladora, colocar una fotografía y reservar un espacio para quienes extraña, la tradición seguirá viva.

 

Porque al final, los difuntos no regresan por el precio de las cosas, sino por el significado que sus seres queridos depositan en cada recuerdo.

 

La ofrenda puede ser más pequeña; el cariño, no.

 

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