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Cuando se trata de patrimonio cultural, la prisa legislativa puede convertirse en una forma de despojo simbólico.

 

 

Eso fue lo que ocurrió este día en el Congreso mexiquense, donde se aprobó como de “urgente y obvia resolución” la iniciativa para declarar al rebozo de bolita tenancinguense como Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de México.

 

 

En el papel, suena a reconocimiento. En la realidad, para muchos artesanos y artesanas de Tenancingo, se siente como una apropiación sin voz.

 

La alcaldesa de Tenancingo, Nancy Nápoles Pacheco, lo dijo sin rodeos: hay enojo, hay indignación y, sobre todo, hay una omisión grave—nadie consultó a quienes sostienen esta tradición con sus manos.

 

Porque no es un tema menor. El rebozo no es solo una prenda; es técnica, historia, identidad y herencia. Reducir su elaboración a “cuatro pasos”, como se mencionó en la exposición de motivos, no solo es incorrecto, es ofensivo. Los propios tenancinguenses saben que el proceso puede implicar hasta 16 pasos, cada uno con un nivel de complejidad que requiere años de aprendizaje.

 

Más aún, los detalles que dan sentido a esta tradición fueron ignorados. El origen del nombre “rebozo de bolita”, ligado a la forma en que se producía el algodón, no es una anécdota decorativa: es memoria histórica. El rango de entre 4,000 y 8,000 hilos en su elaboración, o la complejidad de las puntas tejidas —ocho hilos y un nudo repetidos durante semanas o meses— hablan de una obra artesanal que difícilmente puede entenderse desde un escritorio legislativo.

 

Aquí es donde la crítica se vuelve inevitable. ¿Qué significa declarar patrimonio algo que no se ha investigado a fondo? ¿A quién se le reconoce realmente cuando se legisla sin territorio?

El llamado de la edil no fue menor. Dirigido al presidente de la JUCOPO, Francisco Vázquez Rodríguez, y a la propia presidencia de la mesa directiva, el mensaje fue claro: no se puede subir a tribuna información imprecisa, ni construir iniciativas desde la superficialidad.

 

La referencia a la gobernadora Delfina Gómez Álvarez tampoco fue casual. En un contexto donde se presume un gobierno cercano al pueblo, este episodio exhibe una contradicción: se legisla sobre el pueblo, pero sin el pueblo.

 

En Azotea Media lo decimos sin matices: reconocer el patrimonio no es colgar medallas políticas, es asumir una responsabilidad cultural. Y hacerlo mal no solo invisibiliza a los artesanos, también devalúa el significado de aquello que se pretende proteger.

 

El riesgo de estas decisiones exprés es claro: convertir la riqueza cultural en discurso vacío.

 

Porque el rebozo de Tenancingo no necesita aplausos en tribuna. Necesita respeto, rigor y, sobre todo, escuchar a quienes lo tejen hilo por hilo.


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