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La charrería mexiquense: historia, orgullo y legado que se reconoce a caballo

 

Por Azotea Media

55 referentes de la charrería del Estado de México fueron reconocidos en el Congreso mexiquense, en un encuentro que puso en valor una tradición que ha sobrevivido al paso de las generaciones y que hoy representa mucho más que un deporte: es identidad, disciplina, familia y cultura.

 

Toluca, Estado de México.— Hay tradiciones que se observan y otras que se viven. La charrería pertenece a las segundas.

Entre el sonido de las espuelas, el paso de los caballos, los colores de los trajes y la precisión de cada suerte, existe una historia que se ha construido durante generaciones. Una historia que recientemente fue reconocida desde el Congreso del Estado de México con la entrega de 55 reconocimientos a mujeres y hombres que han contribuido a mantener viva la tradición charra en la entidad.

 

El acto, realizado en el Salón Benito Juárez del Poder Legislativo mexiquense, reunió a representantes de la comunidad charra y puso sobre la mesa una reflexión que va más allá de las competencias: ¿qué ocurre cuando una tradición deja de transmitirse?

 

La respuesta estuvo presente en cada homenaje.

 

Las diputadas Martha Azucena Camacho Reynoso, presidenta de la Diputación Permanente, y Sara Alicia Ramírez de la O encabezaron la entrega de reconocimientos.

 

Camacho Reynoso destacó que distinguir a quienes practican y promueven la charrería significa reconocer una trayectoria, pero también una historia y un legado que merecen ser contados y transmitidos a las nuevas generaciones.

 

Y es que detrás de cada charro y cada escaramuza existe una familia, horas de entrenamiento, sacrificios, disciplina y una enseñanza que difícilmente puede aprenderse en un libro.

 

La charrería se aprende viendo, practicando y transmitiendo, se hereda de padres a hijos, de abuelos a nietos y de generación en generación.

 

La charrería nació vinculada al campo mexicano y a las habilidades de los hombres dedicados al manejo del ganado y los caballos. Con el paso del tiempo, aquellas destrezas se transformaron en una expresión deportiva y cultural que encontró en los lienzos charros un espacio para preservar sus prácticas.

 

Pero reducirla a una competencia sería quedarse únicamente con una parte de su historia.

 

En su intervención, Martha Camacho destacó precisamente los valores que se encuentran detrás de esta disciplina: paciencia, equilibrio, valor, conducción y perseverancia.

 

“Las mujeres también escriben la historia”

Uno de los momentos destacados del reconocimiento fue la mención especial a las mujeres escaramuzas.

 

Su presencia ha transformado la manera en que se entiende la participación femenina dentro de la charrería.

 

Con disciplina, coordinación y valentía, las escaramuzas han construido un espacio propio y han demostrado que el talento y la pasión por esta tradición no conocen género.

 

Sus ejercicios requieren precisión, entrenamiento y una profunda conexión con el caballo y con el equipo.

 

Pero también representan algo más: la evolución de una tradición que puede conservar sus raíces mientras abre espacios para nuevas generaciones.

 

*Una tradición reconocida por el mundo*

 

La importancia cultural de la charrería trascendió hace una década las fronteras mexicanas.

 

En 2016, la UNESCO inscribió a la charrería en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo los conocimientos, técnicas y prácticas que forman parte de esta expresión cultural.

 

El reconocimiento internacional no significa que la tradición esté asegurada para siempre. Por el contrario, representa una responsabilidad: mantenerla viva, esa tarea comienza precisamente en las comunidades, en las familias, en los lienzos y en quienes dedican tiempo a enseñar a quienes apenas comienzan.

 

 

Alfredo Gómez Hernández, presidente de la Unión de Asociaciones de Charros del Estado de México, agradeció al Congreso mexiquense por escuchar a la comunidad charra y reconocer el valor de una tradición que continúa formando parte de la identidad estatal.

 

Quizá el mayor valor de este reconocimiento no está en una placa, un diploma o una ceremonia. Está en recordar que una tradición solamente permanece viva cuando alguien decide enseñarla.

 

Un niño que aprende a montar.

Una joven que entra a una escaramuza.

Un padre que transmite una suerte charra.

Un abuelo que cuenta cómo era el lienzo de su época.

Una familia que dedica sus fines de semana a mantener una costumbre.

Ahí está el verdadero patrimonio.

 

Porque la historia de la charrería no solamente está escrita en documentos. Está escrita en las manos que sujetan las riendas, en los caballos que recorren el lienzo y en las generaciones que se niegan a dejar que el tiempo borre aquello que les da identidad.

 

Azotea Media

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